El propósito secuestrado: cuando el cómo devora al para qué

Tomar decisiones implica siempre asumir un riesgo. Hemos aprendido incluso a medirlo con cierta precisión: analizamos variables, calculamos escenarios, proyectamos consecuencias. Sin embargo, hay un territorio previo al cálculo donde solemos fallar con sorprendente frecuencia: el espacio del propósito. Cuando perdemos de vista para qué hacemos algo, nuestras decisiones —y por extensión nuestras acciones— quedan desorientadas. En el mejor de los casos, pierden sentido; en el peor, pervierten aquello que querían proteger.

La historia de la moneda es un ejemplo tan clásico como revelador. Nació como una herramienta genial para facilitar el intercambio entre personas. Pero cuando la herramienta desplazó al propósito, cuando el dinero pasó a ser fin en sí mismo, lo que se rompió no fue solo el sentido original del invento, sino la capacidad de la economía de servir a la vida. La financiarización del mundo no es más que la consecuencia lógica de haber coronado a la herramienta como objetivo último.

El fenómeno es universal. Empresas, organizaciones sociales, administraciones públicas… todas nacen con un propósito definido. Pero demasiadas lo van perdiendo por el camino hasta volcar su energía exclusivamente en la propia supervivencia. ¿Cuántas entidades filtran sus decisiones estratégicas a través de su propósito? Muy pocas. Las presiones diarias —pagar nóminas, responder a proveedores, cumplir con Hacienda— ocupan y preocupan tanto que, sin darnos cuenta, desplazamos el propósito al asiento trasero. Rara vez es una renuncia consciente; casi siempre es una deriva disfrazada de sentido práctico.

Aún más problemático es cuando las herramientas se confunden con el propósito desde el inicio. En el ecosistema del emprendimiento ocurre a menudo: lo primero que se decide es la forma jurídica, como si el marco legal garantizara por sí mismo un determinado tipo de impacto. El marco jurídico es solo eso, un marco. Condiciona, limita, estructura, pero no define el valor ecosocial que un proyecto puede generar. Empezar el camino desde la herramienta es renunciar de entrada a parte de la libertad para construir la gobernanza y para definir la propia relación con la sociedad y el planeta. Existen fundaciones, verticales por definición, con prácticas internas profundamente democráticas, y cooperativas que, pese a su diseño, reproducen dinámicas jerárquicas. El derecho no sostiene el propósito: lo acompaña, si acaso.

Situar el propósito como tótem desde el primer momento es la única manera de no perder el norte. Solo así podemos cambiar de herramientas cuando se vuelven ineficaces e ineficientes, sin vivirlo como una amenaza. Quien se aferra a la herramienta, quien confunde medio con fin, está condenado a defender estructuras obsoletas aun cuando ya no sirven para nada más que perpetuarse a sí mismas.

Mirar de nuevo hacia el propósito clarifica, ordena, devuelve la coherencia. En muchos casos, la desviación es reversible: basta con rehabilitar el propósito y ajustar el modelo de viabilidad. Pero cuando la herramienta se fusiona con el ego —cuando la identidad personal o institucional se confunde con la estructura que debía ser solo un medio—, la rectificación se vuelve casi imposible.

Recordarlo es urgente: los proyectos no fracasan cuando carecen de herramientas, sino cuando olvidan para qué existen.

Raúl Contreras
NITTÚA


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