SOY EMPRESARIO, SOY SOCIEDAD

Cuando empiezas la carrera de Economía y escuchas al profesor explicar que la empresa nace para cubrir una necesidad de la sociedad, te lo crees. Quizá por ingenuidad te lo crees aun teniendo delante ejemplos clarísimos que no responden a esa teoría. Trabajas desde los catorce años y algo has visto ya por dentro.

Antes de terminar los estudios monté mi primera empresa. Entendía que cubría varias necesidades: el autoempleo de las socias y el apoyo a la comunicación de lo que hacíamos hacia el resto del mundo. Pronto esa utilidad se nos quedó corta. Decidimos que debía servir para más: para crear modelos de gestión donde la democracia económica fuera una realidad. Fuimos la segunda Sociedad Anónima Laboral del País Valenciano, después de la SALTUV, la de aquellos autobuses verdes de la ciudad.

Aun así no nos paramos. Contratamos a una persona sin oficio ni beneficio que salía de la cárcel tras dieciocho años de encierro. Y fue ahí donde confirmamos dos cosas. La primera, que nuestra empresa sí era la del libro de teoría económica, porque servía para cubrir necesidades reales de la sociedad. La segunda, mucho más incómoda: que el conocimiento de todos los ámbitos de la gestión es condición necesaria para ser de verdad EMPRESA. Guiados solo por el buen hacer, sin darnos cuenta, terminamos pagando la heroína que consumía nuestro compañero. No lo estábamos haciendo bien. Nos sobraba voluntad y nos faltaba conocimiento sobre el reto que habíamos decidido acometer.

Desde aquella primera empresa, Volúmenes Alterados SAL, lo tuve claro: soy empresario. Y, como tal, soy un actor social de primer orden, alguien que ha creado hasta diez empresas y ha ayudado a muchas más a resolver necesidades de la sociedad. Para nosotras siempre fue evidente que una empresa es mucho más que ganar dinero que es, quizá, la parte más fácil de la herramienta. Hemos levantado empresas viables incluso como empresas de inserción laboral cuando no existía la ley y, por tanto, tampoco las ayudas. Teníamos los mismos problemas que cualquier otro empresario junto a los propios de la inserción, pero éramos mucho más útiles a la sociedad. Más rentables, en el sentido completo de la palabra. Y, sin embargo, no era raro toparte con algún empresario de escaso conocimiento reprochándote vivir del Estado, justo cuando operábamos en la alegalidad, ese limbo donde nadie puede ayudarte.

Como me enseñó a decirlo sin complejos un gran empresario, Inaciu Iglesias, de Cartonajes Vir: lo confieso, soy empresario. Y él añadía algo que lo cambia todo:

«No somos una empresa que luego tiene preocupaciones sociales; tenemos preocupaciones sociales porque somos una empresa.»


En este vídeo de 2012, tanto Inaciu como Pericles, maestro del emprendimiento social, lo explican con claridad:

Ser empresario exige, por tanto, incorporar al ADN de la gestión todos los valores que la empresa genera. Hoy lo decimos así: gestionar los valores ecosociales como lo que son, valores económicos.

Más allá de la RSC, la empresa debe entender que, si solo atiende su actividad financiera, está perdiendo valor, desarrollo y, sí, también beneficios. Para abordar su dimensión ecosocial necesita formarse, igual que hizo en su día cuando incorporó el conocimiento en recursos humanos o en marketing. Hoy le toca aprender a:

  • Crear valor añadido ecosocial.
  • Medirlo para valorizarlo e incorporarlo a su contabilidad. Ya existen legislación, metodología y herramientas para hacerlo: es la contabilidad de la vida traducida a euros.
  • Gestionar esos valores, una vez convertidos en términos económicos, para mejorar y desarrollar la empresa y cumplir así su fundamento original: cubrir una necesidad de la sociedad.

En Nittúa estamos dispuestas a compartir el conocimiento y la experiencia con todo empresariado que se reconozca en aquella definición de los libros de teoría económica y tenga tan claro como Inaciu que es un agente social. No es una oferta comercial: es generosidad. Lo que hemos acumulado lo ponemos a disposición de la empresa que todavía no está ahí, para que pueda acercarse a la empresa social.

Porque seamos honestas: hay que ser viable financiera, social y ambientalmente para dar a una empresa su máximo desarrollo, y hacerlo sin hipotecar el futuro de quienes vienen detrás. El cambio climático y la desigualdad imparable ya están poniendo límites a la empresa que se quedó anclada en la lección de la maximización del rendimiento del capital.

Por eso aspiramos a algo que suena a paradoja: que la empresa social acabe perdiendo su apellido. El día en que toda empresa lo sea, la palabra «social» sobrará. Y ese día, confesarse empresario será, por fin, confesarse al servicio de la vida.

Raúl Contreras

Nittúa

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